Revolución mexicana

Del libro "México en llamas"

Revolución Mexicana: El país de Don Porfirio (parte I)

20 Nov 2014   |   comentários

En el presente ensayo esbozamos en forma sucinta la evolución de la sociedad mexicana durante el porfiriato y sus fuerzas intrínsecas, desmenuzando las particularidades históricas del capitalismo nativo y las características de su atraso respecto a los países de desarrollo capitalista avanzado. Para leer más articulos sobre la revolución Mexicana, ingrese a (...)

Las relaciones entre unas naciones y otras
dependen de la extensión en que cada una de ellas
haya desarrollado sus fuerzas productivas,
la división del trabajo y el intercambio interior.
Este es un hecho generalmente reconocido.
Karl Marx (1)

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En el presente ensayo esbozamos en forma sucinta la evolución de la sociedad mexicana durante el porfiriato y sus fuerzas intrínsecas, desmenuzando las particularidades históricas del capitalismo nativo y las características de su atraso respecto a los países de desarrollo capitalista avanzado. Nuestra pretensión no es suplir las elaboraciones que ya existen en la historiografía a propósito del desarrollo socioeconómico de México, sino nutrirnos de ellas para dar un panorama general de aquellos rasgos fundamentales que tejieron el entramado económico y social que posibilitó el estallido del proceso revolucionario de 1910.

Es nuestra intención comprender las bases estructurales que permitieron que las masas explotadas del México profundo –parafraseando a Bonfil Batalla–tomaran el cielo por asalto y develaran con su acción las grandes contradicciones sociales acumuladas durante las décadas previas. Estas contradicciones fueron consecuencia de las modificaciones económicas que acontecieron durante el porfiriato y dieron forma a las clases fundamentales que protagonizaron el gran levantamiento del México campesino.

Las situaciones que vamos a describir pertenecen a un pasado que para algunos puede antojarse remoto. Aun así algunas de las características fundamentales que ha adquirido en el devenir histórico la formación del capitalismo semicolonial mexicano parecen preservarse. A cien años del estallido de la gran guerra campesina de 1910, en México se mantienen la subordinación económica al imperialismo, la expoliación de nuestras materias primas y recursos naturales, el despojo de tierras a manos de los grandes propietarios y ahora los agro business, la inclemente deuda externa, la súper explotación del grueso de los asalariados y la rapiña imperialista sobre nuestros recursos como el petróleo y sobre nuestros insumos, como la electricidad.

Como planteaba León Trotsky: “Las clases oprimidas crean la historia en las fábricas, en los cuarteles, en los campos, en las calles de la ciudad. Mas no acostumbran a ponerla por escrito” (2). Esta es una pequeña aportación para abonar al relato de esa historia que consideramos comienza por entender por qué, para el año de 1910, los explotadores nacionales y extranjeros que succionaban –y siguen succionando– toda la savia de este expoliado territorio, sintieron temblar el suelo sobre el cual habían puesto en pie haciendas, fábricas, ingenios y minas con el sudor de los eternos desposeídos de este país.

***

La conquista española significó un enorme salto en la expansión económica de Occidente europeo y la configuración del mundo colonial en América, que se sostuvo durante tres siglos. El Orbe indiano –como lo llama David A. Brading– evolucionó subordinado al largo curso declinante que surcó el imperio español, bajo la égida de la cohesión ideológica que se articuló en base a la fe católica y el centralismo político y económico de la metrópoli que garantizó “unidad administrativa” (3). Esta evolución, diferenciada al extremo de aquella que registraron las colonias inglesas y francesas, tuvo como consecuencia la emergencia de una sociedad plagada de tensiones sociales: entre los encomenderos y la Corona, entre criollos y peninsulares, entre indígenas, mestizos, negros y mulatos.

Como se verifica en la historiografía, durante el régimen de la casa de Austria, las instituciones coloniales siguieron los dictámenes de un centralismo cada vez más acusado. René Barbosa Ramírez describe este periodo de la siguiente forma:

Unidad de la fe –religión católica–, justificación de la dominación ejercida sobre las colonias, basándose en los “justos títulos”; la integración de América en la Corona castellana de la que no puede separarse; la condición teórica de los indígenas, la condición del reino de la Nueva España, todo esto constituye las principios directores de la concepción sobre las Indias (4).

El colonialismo español, concentrado en el territorio comprendido entre el Bajío y Centroamérica (5), a diferencia de otros colonialismos en distintas latitudes del planeta, no liquidó a los habitantes originarios (a pesar de las violentas masacres que se registran en las crónicas) sino que los alienó a la sociedad colonial naciente para volverlos súbditos del rey. Las formas de organización indígena fueron aniquiladas en su esencia, pero preservadas en algunos de sus rasgos para que guardasen su funcionalidad bajo la dominación de un nuevo régimen político y económico:

Las sociedades indígenas […] se verán sometidas a un desplazamiento en su funcionalidad al interior de un sistema que lentamente hace emerger rasgos particulares. Durante las tres últimas décadas del siglo xvi se desprende un modo específico de dominación de las “nuevas actividades” sobre las “antiguas”, hay una subordinación de estas últimas a través de la regulación autoritaria del mercado de trabajo (6).

Las profundas transformaciones en las formas de propiedad se cristalizaron en la unidad productiva por excelencia de la Colonia: la gran hacienda. La sociedad novohispana basó una importante parte de su economía en la extracción de metales preciosos, para lo cual, puso en pie centros mineros y haciendas de beneficio (7). Si las primeras décadas de la dominación colonial se caracterizaron por la expoliación de los pueblos originarios a través del tributo, ya en las postrimerías del siglo xvi y durante el siglo xvii, la economía novohispana logró cierta estabilidad en el terreno de la producción.

Por una parte, la explotación minera y la agricultura descansaban en la explotación extensiva de la fuerza de trabajo, donde primó un nulo desarrollo tecnológico e industrial. En las pequeñas concentraciones de carácter relativamente más urbano, los talleres artesanales, los obrajes y las corporaciones eran minoritarios y siguió pesando el trabajo artesanal tradicional de los indígenas. Esta tensión entre lo nuevo y lo viejo se mantuvo en el tiempo. La Nueva España se vio sometida en forma constante a las necesidades de la monarquía española que sin embargo, no pudo operar ni garantizar el usufructo necesario de sus colonias sino era a través de respetar, hasta cierto punto, el estado de cosas que le precedía.

Recién en el último cuarto del siglo xviii la presión de las otras potencias coloniales, la situación económica europea y los conflictos internos empujaron a la monarquía a replantear las relaciones metrópoli-colonia. En 1767 se publicó el decreto de expulsión a todos los jesuitas del territorio, lo que generó una importante respuesta popular a la política colonial, con alzamientos generalizados en estados como Guanajuato o San Luis Potosí. Como plantea David A. Brading al hacer una analogía con la década de 1560:

En ambas ocasiones, la Corona envió visitadores y virreyes a fortalecer el poder del Estado colonial en tal forma que se obtuviese el mayor rendimiento de sus posesiones de ultramar. Si la capacidad de Felipe II para entablar una guerra en Europa dependió del envío de la plata peruana procurada por las medidas de Francisco de Toledo, asimismo el recién recobrado poder de Carlos III en el concierto europeo se derivó del auge de la producción mexicana de la plata, organizada por José de Gálvez (8).

La agenda de Carlos III a través del visitador José de Gálvez tenía los objetivos de imponer una nueva economía de mercado, disminuir el poder de los criollos sobre la administración de los recursos, implementar un ejército regular que enfrentara la creciente convulsión social e invertir en las ramas industriales que permitieran una mayor expoliación de los recursos manufacturados en la colonia.

De conjunto, el plan de fortalecimiento colonial pretendía endurecer las cadenas de la Nueva España en tanto tributaria sin intermediarios de las necesidades de la Corona. Bajo esta lógica, las formas políticas borbónicas intentaban construir una casta de administradores incondicionales que disminuyera el poder que habían adquirido las alcaldías mayores –muchas en manos de los criollos– y facilitara el tránsito de riqueza referenciada en materias primas, tributo y mayores cargas impositivas para España.

El despotismo ilustrado, que implicaba la modernización de las relaciones de producción pero a la vez acotaba las posibilidades del desarrollo económico de la colonia, fue la última gran medida estratégica de la monarquía española. Durante la dominación colonial, muchos fueron los alzamientos indígenas contenidos por el yugo de la nueva fe o por el aplastamiento militar. La organización social del trabajo agrícola se mantuvo relativamente estable durante el paso de los siglos y el régimen colonial preservó a la gran hacienda como unidad productiva, legalizando el despojo de los pueblos originarios como forma de acaparamiento. En el siglo xix los antagonismos entre los distintos sectores sociales que poblaban la Nueva España se exacerbaron hasta convertirse en una verdadera guerra de independencia.

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Adolfo Gilly plantea en su libro La Revolución interrumpida que la Revolución de Independencia fue dirigida por un ala jacobina representada en la figura de José María Morelos. Sin embargo, quienes quedaron en el poder fueron las alas más conservadoras del proceso. La expulsión de los españoles de México no significó un cambio sustancial en las relaciones sociales y la tierra le fue negada a las masas indígenas y campesinas; el gran acaparador de territorios a la salida de la guerra fue la Iglesia católica.

Durante la Revolución de Ayutla (1854) comenzaron a delinearse los contornos del México moderno y sus clases fundamentales. La ley de desamortización promulgada en 1856 por los liberales prohibió a la Iglesia poseer tierras que no le fueran fundamentales para su subsistencia y las puso en venta a los arrendatarios. México entró a la guerra de reforma que enfrentó a conservadores y liberales, los primeros con el apoyo del Vaticano y Francia que lograron imponer a Maximiliano de Habsburgo durante un periodo acotado de tiempo. El autor de La Revolución interrumpida dice al respecto:

Como en toda lucha de su periodo de ascenso, la apenas naciente burguesía mexicana tuvo que recurrir al apoyo de las masas y a los métodos jacobinos para barrer las instituciones y estructuras heredadas de la Colonia que impedían su desarrollo. Marx definía al jacobinismo como el modo plebeyo de arreglo de cuentas con los enemigos feudales de la burguesía. La tendencia pequeñoburguesa de Juárez, en la lucha contra el clero, los terratenientes y la invasión francesa, se apoyó en una guerra de masas, y en su curso dictó medidas aún más drásticas, como la ley de nacionalización de los bienes de la Iglesia en 1859. Ésta disponía la separación completa de la Iglesia del Estado, la secularización de todas las órdenes religiosas, la supresión de las congregaciones religiosas y la nacionalización de las propiedades rústicas y urbanas del clero (9).

Las masas campesinas fueron las defraudadas con el radicalismo juarista. Muchas tierras comunales –en disposición a las mismas leyes– fueron fraccionadas y repartidas en pequeñas porciones a los campesinos desposeídos que, incapaces de hacerlas producir, las vendieron por precios bajísimos a los acaparadores. El latifundio, que permaneció durante mucho tiempo en México como forma de acaparamiento y concentración de tierra, se fortaleció enormemente y dejó al campesinado pobre en el lugar que se le había asignado durante siglos: el de peón o trabajador agrícola a merced de los grandes propietarios. Esta fue una gran operación de despojo que, sin embargo, no logró barrer con la propiedad comunal en muchas regiones del país, donde gran cantidad de pueblos permanecieron como propietarios de la tierra, cuestión de la que nos ocuparemos más adelante.

Se puede decir que el periodo que acabamos de describir constituye la primera fase del desarrollo capitalista en México donde se prepararon sus condiciones de reproducción, se resolvió la pelea por el dominio del aparato del Estado y se crearon los mecanismos de reproducción capitalista. A decir de Enrique Semo:

La revolución de 1854-1867 destruyó la mayor de todas las corporaciones económicas existentes: la Iglesia, despejando así el camino para la acumulación capitalista. Los bienes rurales y urbanos del clero, lanzados al mercado por la desamortización, contribuyeron en forma decisiva al fortalecimiento de la burguesía comercial y los terratenientes aburguesados. Se privó al Ejército de su papel determinante y se consolidó definitivamente la autoridad del Estado burgués terrateniente. Se derrotó un intento peligroso de transformar a México en colonia o protectorado de las potencias extranjeras (10).

Con el advenimiento del régimen de Porfirio Díaz, el modelo de acumulación capitalista se profundizó, en un contexto mucho más violento de transformaciones económicas y, durante el siglo transcurrido, quedó pendiente el problema de la tierra, pero latente en el imaginario y la realidad cotidiana de las masas rurales.

Notas:

1 Karl Marx y Friedrich Engels: La ideología alemana, Valencia, Universidad de Valencia, Colección Educació Materials de Filosofía, 1994, p. 35.

2 León Trotsky: Historia de la Revolución Rusa, México, Juan Pablos Editor, 1972, p. 7.

3 René Barbosa-Ramírez: La estructura económica de la Nueva España (1519-1810), México, Siglo XXI, 1982, p. 183.

4 Ibidem, p. 184.

5 El Virreinato de la Nueva España se concentró en ese territorio, mientras que el dominio español en la zona de Norteamérica prácticamente no se desarrolló y sólo contaba con poblaciones aisladas.

6 Ibidem, p. 185.

7 En dichas haciendas se llevaba a cabo el proceso de beneficio del metal –de ahí su nombre–. El proceso consistía en separar la plata, por ejemplo, de los minerales básicos que la sustentan, con el objetivo de depurarla. El proceso se realizaba con la amalgamación con mercurio (azogue en su terminología novohispana) o la fundición.

8 David A. Brading: Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810), México, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 38.

9 Adolfo Gilly: La Revolución interrumpida, México, Ediciones El Caballito, 1971, p. 9.

10 Enrique Semo: Historia mexicana / Economía y lucha de clases, México, Era, 1991, p. 288.

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