Trotsky, el nombre de la revolución

04 Sep 2015   |   comentários

La última década de vida de Trotsky está cruzada por la pelea en pos de dejar sentada una continuidad de la tradición revolucionaria y aportar a la construcción de organizaciones que pudieran jugar un papel activo ante nuevos ascensos de masas.

A 75 AÑOS DE SU ASESINATO

Trotsky, el nombre de la revolución

EDUARDO CASTILLA

Ideas de Izquierda

“El último tema de conversación fue la muerte. ‘Hay algo que el comunismo nunca podrá vencer: la muerte’ dijo en sustancia Malraux. Trotsky le contestó: ‘cuando un hombre ha cumplido la tarea que se le ha dado, cuando ha hecho lo que quería hacer, la muerte es sencilla’” (Jean Van Heijenoort, Con Trotsky de Prinkipo a Coyoacán)[1].

En pocos días se cumplirán 75 años del asesinato de León Trotsky, dirigente de la Revolución rusa, creador del Ejército Rojo y luchador incansable por la revolución socialista mundial y el comunismo. Lucha que llevó a cabo aún en horas difíciles, mientras sufría las duras condiciones del destierro impuesto por la casta gobernante de la URSS.
La última década de vida de Trotsky está cruzada por la pelea en pos de dejar sentada una continuidad de la tradición revolucionaria y aportar a la construcción de organizaciones que pudieran jugar un papel activo ante nuevos ascensos de masas. En 1938 esto se plasmará en la fundación de la IV Internacional. Las dificultades de fines de los años ‘30, el aislamiento de los trotskistas en relación a grandes franjas del proletariado –dirigido centralmente por socialistas y comunistas– y el reflujo del movimiento de masas luego de la derrota de la Revolución española, ponían en discusión la necesidad de fundar esta organización [2].
Isaac Deutscher, posiblemente el mejor de los biógrafos del dirigente ruso, era partidario de esta posición y así lo señalará en su reconocida trilogía sobre el revolucionario [3]. Allí escribirá que “Trotsky decidió ‘fundar’ la nueva Internacional en un momento en que, como le advirtieron los polacos, la acción no podía tener ningún impacto” [4]. Si la acción no podía tener “ningún impacto”, como afirma el historiador –quien también redactó el documento de los delegados polacos–, ¿cómo se explican los asesinatos de algunos de los principales integrantes de la Oposición de Izquierda internacional como Rudolf Klement, Erwin Wolf o el mismo León Sedov, hijo de Trotsky, en ese período? Incluso, en la conferencia fundacional participaba un agente infiltrado de la GPU. Estas persecuciones y ataques escalarían hasta el asesinato del mismo Trotsky.
Desde su expulsión de la URSS en 1928, hasta su asesinato, el creador del Ejército Rojo estuvo sometido a una monstruosa campaña de calumnias, desplegada internacionalmente. La preparación y ejecución de su asesinato implicó el uso de ingentes recursos del Estado soviético, la Internacional Comunista y de los Partidos Comunistas nacionales. La pregunta resulta obligada: si Trotsky era una figura inofensiva y aislada, si las tendencias de la lucha de clases impedían que la recién fundada IV Internacional tuviera alguna influencia real, ¿cómo explicar el uso de semejantes recursos en calumniar y perseguir a un individuo y su reducido grupo de seguidores? ¿Por qué asesinar a alguien que parecía impotente para intervenir sobre la dinámica política en curso?

Un planeta sin visado
Trotsky escribía, en las páginas finales de Mi Vida, que el planeta entero se hallaba cerrado para él. El revolucionario ironizaba señalando que quienes predicaban las “ventajas” de la democracia burguesa sobre el régimen del Estado soviético, se negaban a darle una “lección práctica” de esa superioridad, concediéndole el derecho al asilo político.
El mundo sin visado era un mundo burgués temeroso del pensamiento de Trotsky y de su capacidad para influir en la realidad. En cada país que aceptó recibirlo temporalmente, era marcado el énfasis en las cláusulas de aislamiento y en limitar su posibilidad de intervenir sobre la vida política local. Tras esas restricciones pesaba, también, la enorme presión diplomática de la capa dirigente de la URSS, que había condenado al exilio a Trotsky.
Esta presión se ejercía públicamente. El Estado soviético exigía constantemente su expulsión de cada país. Eso iba acompañado de campañas de difamación contra su figura y de la infiltración de agentes de la GPU en las pequeñas organizaciones de la Oposición de Izquierda para intentar destruirlas. Una persecución de tal magnitud evidenciaba una preocupación estratégica de la burocracia estalinista.
Lejos de un enfrentamiento individual o de personalidades, como tendió a presentarlo la historiografía liberal, esa persecución tenía sus raíces en las profundas contradicciones de clase que atravesaban al primer Estado obrero de la historia y, más en particular, en las tensiones que cruzaban a la casta burocrática que se había apropiado del poder político. La vigencia de la tradición revolucionaria, expresada en la figura de Trotsky, amenazaba su poder en el marco de una frágil estabilidad política.
Las tensiones que atravesaban a la burocracia se expresaban al interior del país, pero también tenían su reflejo en la política internacional de la URSS y en la III Internacional, dirigida de manera burocrática por el PC de aquel país. En ese terreno, las perspectivas estratégicas y políticas planteadas por Trotsky diferían radicalmente.

Trotskismo y stalinismo en la arena internacional
La política del stalinismo, expresada en la III Internacional a partir de 1924, fue de abierto boicot a la extensión de la revolución internacional, configurando una serie de traiciones que, en su conjunto, permitieron el desarrollo del camino hacia la Segunda Guerra Mundial.
A la derrota de la Revolución china de 1925-27, seguirá la derrota sin lucha del proletariado alemán en 1933 y, posteriormente, la desastrosa política de ceder ante el Frente Popular en Francia y la traición lisa y llana de la Revolución española a partir de 1936. Cada paso del stalinismo en la arena internacional significaba una nueva derrota para el proletariado.
Lejos de “errores políticos” –siempre atribuidos a las direcciones de los partidos nacionales y no a la Internacional–, lo que subyacía a esa práctica política era una lógica profunda. El dirigente trotskista Ernest Mandel escribirá que:

… no se pueden explicar los “errores” cometidos por Stalin en la dirección de la Internacional Comunista diciendo que fueron resultados accidentales de su “falta de comprensión” (…) Nunca coincidieron sus “errores” tácticos con los intereses del proletariado soviético o internacional (…) una política tan sistemática no puede explicarse más que como expresión de los intereses particulares de un grupo social determinado en el seno de la sociedad soviética: la burocracia [5].
A lo largo de la década del ‘30, la política de Trotsky en Europa occidental se centró en aportar al desarrollo de la lucha revolucionaria a partir de la defensa de las posiciones del proletariado frente al avance del fascismo y la reacción.
Los insistentes llamados al frente único defensivo entre la socialdemocracia y el PC en Alemania –reflejados en el libro La lucha contra el fascismo en Alemania–; las durísimas críticas a la política frente-populista del PC en Francia, que permitía el desarrollo de la derecha bonapartista mientras desarmaba al proletariado para una pelea por el poder; la intervención en la Revolución española planteando una perspectiva política independiente que permitiera superar el estadio “ciego, sordo y mudo” del período inicial de la revolución y hacer emerger el enorme poder de una clase obrera con una gigantesca combatividad, superando los límites que sus direcciones.
En este período, la teoría-programa de la Revolución Permanente –que orientaba el conjunto de su perspectiva– fue la única alternativa estratégica a las políticas desplegadas por el stalinismo. A partir de esa matriz, cada táctica o política planteada por Trotsky buscaba orientar al movimiento de masas en un camino revolucionario. Fue, esencialmente, el rol que cumplieron la dirección de los PC y de la Internacional lo que impidió el desarrollo de una política independiente que podría haber permitido a la clase trabajadora triunfar en esos procesos.
Junto a plantear una perspectiva política global, en cada uno de esos combates Trotsky batalló por la construcción de organizaciones revolucionarias que pudieran incidir en el desarrollo real de la lucha de clases o, en condiciones menos favorables, permanecer como corrientes armadas con las lecciones estratégicas de esas peleas. El “temor” de la burocracia estalinista a Trotsky radicaba, en gran parte, en esa potencialidad para confluir con franjas de masas que se radicalizaran al calor del enfrentamiento al fascismo y la reacción.
En un período de guerra, crisis económica, lucha contra el fascismo y tendencias revolucionarias, el trotskismo ofrecía un programa, una política y tácticas que, en el marco de una estrategia, podría permitir vencer. La posibilidad de esos triunfos ponía en peligro el statu quo internacional, donde la URSS se había convertido en un factor conservador.
Lógicamente, las derrotas en el plano internacional no pueden ser escindidas de las contradicciones internas que atravesaba el Estado soviético en estos años. Es preciso detenerse en algunas de ellas.

La burocracia soviética, casta conservadora
En 1936, Trotsky publicó La Revolución traicionada, un completo estudio de la situación que atravesaba el primer Estado obrero de la historia, dando cuenta de las tensiones que emergían del retardo en la extensión de la revolución a escala internacional y de la gestión estatal por parte de la casta burocrática dominante, que había expropiado políticamente al proletariado.
En la década del ‘30, el régimen stalinista estaba lejos aún de ser estable. Los giros económicos de la burocracia –ejecutados de manera completamente pragmática– condujeron a enormes crisis políticas y sociales entre 1927 y 1934, empujando al país, en algunos momentos, al borde de la guerra civil.
Las razones de esos zigzags brutales hay que buscarlas en el carácter social de la casta burocrática que dirigía el Estado. Lejos de ser una clase “legítima”, la burocracia era una casta parasitaria que expropiaba el poder político a la clase trabajadora. Ante los ojos de las masas, su existencia no aparecía como “natural” sino como una usurpación. En tanto casta privilegiada estaba obligada a suprimir crecientemente todo atisbo de democracia en la sociedad y en el mismo PC de la URSS.
Pero la construcción de una sociedad socialista es inescindible de la más amplia democracia política entre las masas. El conjunto de las decisiones suponen la participación extendida de la población, mensurando necesidades, recursos y posibilidades, tomando elecciones colectivamente. La supresión de la democracia impedía un control de las masas sobre la gestión estatal. La economía, lejos de subordinarse a un plan definido democráticamente, funcionaba bajo las necesidades de esa casta minoritaria y privilegiada. La planificación burocrática, a pesar de los avances que implicaba en relación a la anarquía capitalista, impedía prever la dinámica de la economía de conjunto, creciendo las tendencias al caos y el derroche del trabajo. Los zigzags de la burocracia eran las respuestas empíricas a cada crisis que surgía de esas tensiones.
Uno de los resultados globales era el crecimiento de las diferencias sociales entre las capas privilegiadas que integraban la burocracia estatal y el conjunto de las masas. Este aspecto configuraba un elemento central en la reflexión de Trotsky, quien señalaba que “la inmensa mayoría de los obreros ya es hostil a la burocracia (…) Los trabajadores temen, si expulsan a la burocracia, abrir el camino a la restauración capitalista” [6]. La burocracia aparecía como un “mal” a soportar frente a la presión del imperialismo. En esa misma obra escribirá que:

… la divinización cada vez más insistente de Stalin es (…) necesaria para el régimen. La burocracia necesita un árbitro supremo inviolable (…) Cada funcionario en su puesto está pensando que “L’État, c’est moi”. Cada uno se refleja fácilmente en Stalin. Stalin descubre en cada uno el soplo de su espíritu. Stalin es la personificación de la burocracia [7].

Esto configuraba un escenario de inestabilidad que era preciso conjurar. La elección de un “árbitro” por sobre todas las capas sociales suponía eliminar las tendencias díscolas existentes. En ese marco, liquidar la tradición revolucionaria de 1917 aparecía como una necesidad imperiosa.
Dentro de esa lógica es posible comprender la serie de razones que llevaron al stalinismo a desarrollar los Juicios de Moscú. Allí la burocracia juzgó y condenó a muerte a casi la totalidad de la dirección bolchevique que, junto a Lenin y Trotsky, habían dirigido la toma del poder en 1917 e iniciado el camino de la construcción de una nueva sociedad.
Que los Juicios de Moscú hayan tenido como principal “acusado” a Trotsky –junto a León Sedov, ambos sindicados como autores intelectuales de crímenes inventados–, constituye una aberración lógica propia del terror stalinista pero necesaria para la consolidación del régimen bonapartista. Jean Van Heijenoort, en su libro Con Trotsky…, narra las enormes dificultades materiales que padeció el revolucionario ruso durante su exilio: el alejamiento de su familia y sus amigos, los constantes problemas económicos, las difíciles estadías en países donde era confinado, casi como en una prisión. Ese conjunto de circunstancias tornaban absurdas las acusaciones en su contra como organizador de sabotajes y atentados. Lo absurdo no impedía a la burocracia stalinista desarrollarlas abiertamente. El objetivo era su consolidación en el poder.
Pero, además, la casta que encabezaba Stalin sentía horror ante la perspectiva de una nueva revolución en el interior del país, esta vez dirigida contra ella. Perspectiva que podía desarrollarse tanto a partir del descontento de las masas frente a las crecientes diferencias sociales, como de la guerra que se aproximaba. En ese marco, la existencia física de Trotsky y la existencia política de la IV Internacional constituían un peligro. Si al interior de la URSS se desarrollaba un proceso revolucionario de masas, la posibilidad de la confluencia entre una subjetividad marcada por la tradición de la Revolución de Octubre y el programa y la política del trotskismo, constituía potencialmente un enorme peligro para la casta burocrática. En esta contradicción debe buscarse la razón esencial del asesinato de Trotsky.

El nombre de la revolución
En los párrafos previos hemos tratado de poner en evidencia que quienes criticaron el supuesto “voluntarismo” de Trotsky no podrían explicar lógicamente la saña desplegada por el stalinismo, salvo recurriendo a razones psicológicas. El mismo Deustcher, después de describir el reflujo de la lucha de clases a escala internacional, se preguntará: “¿Por qué, entonces, pese a tales augurios tan poco propicios, decidió Trotsky llevar adelante la proclamación de la Cuarta Internacional?” [8].
La hipótesis de Trotsky estaba basada en la perspectiva de que la guerra, que era inexorable, desataría procesos revolucionarios que permitieran la emergencia de la IV Internacional como dirección del movimiento de masas. La primera condición efectivamente se desarrolló pero, debido a que la URSS derrotó al nazismo y esto prestigió al stalinismo ante los ojos del mundo, éste pudo frenar los procesos que se desataron.
La perspectiva de la revolución social después de la guerra aparecía como evidente para Trotsky, pero también para la burguesía imperialista y para la burocracia de la URSS. En agosto de 1939, en una entrevista entre el embajador francés Coulondre y Hitler, el primero le advierte al líder del nacionalsocialismo que “Stalin ha abusado del doble juego” y que, en caso de haber guerra, “el verdadero ganador será Trotsky” [9]. El revolucionario ruso, exiliado en México, reflexionará diciendo que “estos caballeros gustan dar una denominación personal al espectro de la revolución” [10].
Se trataba entonces de conjurar esa posibilidad que podría llevar a nuevos triunfos de la clase trabajadora y a la rehabilitación del carácter revolucionario de la URSS, barriendo a la casta burocrática. En 1929, en el prólogo de Mi Vida, León Trotsky escribió:

El deber primordial de un revolucionario es conocer las leyes que rigen los sucesos de la vida y saber encontrar, en el curso que estas leyes trazan, su lugar adecuado. Es, a la vez, la más alta satisfacción personal a que puede aspirar quien no une la misión de su vida al día que pasa.

Trotsky era consciente de que el lugar conquistado en la historia podía ponerlo, una vez más, cerca de la dirección de procesos revolucionarios de masas. La burocracia stalinista también. De ahí su asesinato. A pesar de su aislamiento en México y la debilidad de las organizaciones políticas de la IV Internacional, en 1940 Trotsky seguía siendo el nombre de la revolución.


[1] Con Trotsky de Prinkipo a Coyoacan. Testimonio de siete años de exilio, Bs. As, Ediciones IPS-CEIP, 2014, p. 57.
[2] En la conferencia fundacional, dos delegados representantes del grupo polaco se opondrán a proclamar la nueva Internacional. En el Programa de Transición y en diversos textos del período, Trotsky insistirá en la necesidad imperiosa de ponerla de pie a pesar de todas las dificultades.
[3] Los tres libros que componen la biografía son El profeta armado, El Profeta desarmado, El Profeta desterrado. Para una discusión sobre esta posición de Deutscher y los derroteros de la IV Internacional después del asesinato de Trotsky, se puede consultar “En los límites de la ‘restauración burguesa’”, Estrategia Internacional 27, marzo 2011.
[4] Isaac Deustcher, El profeta desterrado, México, Era, 1971, p. 381.
[5] Ernest Mandel en su polémica con Nicolás Krassó, en El marxismo de Trotsky (edición digital).
[6] Bs. As., Ediciones IPS-CEIP, 2015, p. 233.
[7] Ibídem, p. 227.
[8] Deutscher, op. cit., p. 383.
[9] Citado en En Defensa del marxismo, México, Juan Pablos Editor, 1973, p. 17.
[10] Ídem.









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