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En el 74° aniversario luctuoso de León Trotsky Aportes del trotskismo a forjar una vanguardia obrera

30 Aug 2014   |   comentários

Julio de 1934. En el corazón del imperialismo estadounidense, Minneapolis, estado de Minnesota, se sacude hasta sus cimientos. Era el tiempo del New Deal, un plan de inversión estatal implementado por el flamante presidente Franklin Roosevelt sobre los sectores más concentrados de la economía. También buscaba instituir organismos gubernamentales de intermediación entre el capital y el trabajo y de ciertas concesiones al movimiento de masas, (...)

Bárbara Funes

Julio de 1934. En el corazón del imperialismo estadounidense, Minneapolis, estado de Minnesota, se sacude hasta sus cimientos. Era el tiempo del New Deal, un plan de inversión estatal implementado por el flamante presidente Franklin Roosevelt sobre los sectores más concentrados de la economía. También buscaba instituir organismos gubernamentales de intermediación entre el capital y el trabajo y de ciertas concesiones al movimiento de masas, orientadas a salvar al capitalismo durante la profunda crisis económica de los ‘30s.

Ochenta años después, en el Cono Sur, grandes trasnacionales como Lear (autopartista) y Donnelley (gráfica) cierran sus plantas en la zona norte del Gran Buenos Aires, uno de los principales centros industriales de Argentina y dejan en la calle a cientos de familias ante la lucha obrera que combate contra despidos, suspensiones y por el reconocimiento de sus comisiones internas clasistas. Fin de la era kirchnerista, los “campeones de los derechos humanos” que encarcelaron a una hija de desaparecidos, Victoria Moyano, por apoyar la lucha de los trabajadores, entre muchos otros luchadores. Escenario de fondo: Argentina acaba de entrar en cesación de pagos parcial de su deuda externa.

Entre el pasado y el presente, se alzan las ideas de León Trotsky, el presidente del soviet de Petrogrado en la Revolución Rusa, uno de sus principales dirigentes junto con Vladimir Ilich Lenin. Trotsky, el fundador del Ejército Rojo durante los duros años de la guerra civil, el que enfrentó al estalinismo, su teoría del socialismo en un solo país, la colectivización forzosa del campo soviético. Trotsky, el dirigente que cuestionó el papel traidor del estalinismo que pactó con Hitler en 1933, que ahogó en sangre la Revolución Española, -actuando como gendarme de las potencias “democráticas” Francia e Inglaterra-. Trotsky, quien cuestionó la subordinación de la Internacional Comunista (el partido revolucionario mundial de los trabajadores hasta ese momento) a los intereses mezquinos de la burocracia soviética, responsable de subordinar la política de los partidos comunistas a sus alianzas con países capitalistas en distintas partes del globo. León Trotsky, el fundador de la IV Internacional, el partido de la revolución mundial, creada en 1938.

La gesta de Minneapolis

La Alianza Ciudadana (una organización patronal) dirigía la industria y los servicios de esta ciudad desde la primera década del siglo XX. La crisis económica había golpeado sobre los trabajadores, con salarios miserables, el miedo al desempleo, la superexplotación y la represión de las pocas huelgas que estallaban en la época. Sólo había algunos sindicatos por oficio, que no eran útiles para defender los derechos de los trabajadores. En palabras de Farrell Dobbs “Los choferes de abarroterías de mayoreo recibían entre 55 y 65 dólares por mes, a cambio de 54 horas semanales sin primas por horas extras. Los que trabajaban dentro de los almacenes de las abarroterías recibían mensualmente entre 10 y 15 dólares menos. Los empleados de la multiplicidad de empresas en el comercio de frutas y verduras al por mayor recibían salarios que en algunos casos no eran más que 10 dólares semanales al comenzar. Si un veterano recibía 18 o 20 dólares semanales se le consideraba afortunado. A veces tenía que trabajar desde las tres de la madrugada hasta las seis de la tarde, seis días por semana. Si un trabajador se quejaba, lo despedían y la oficina de personal de la Alianza Ciudadana, suministraba un nuevo empleado”1.

Los inicios: la huelga del carbón

Se dio un reanimamiento de la industria y de a poco fue cambiando el estado de ánimo de los trabajadores. El antecedente inmediato había sido la huelga del carbón. Desde 1931, la Liga Comunista de América (LCA), el grupo trotskista estadounidense, había analizado la forma de insertarse en los sindicatos. Eran conscientes de que en cuanto se diera un ascenso de luchas obreras, los trabajadores se dirigirían a los sindicatos ya existentes, más allá de lo conservadores que fueran. A propósito de los sindicatos en la época imperialista, Trotsky escribió “…a pesar de la degeneración progresiva de los sindicatos y de su crecimiento paralelo con el estado imperialista, el trabajo dentro de los sindicatos no sólo no ha perdido ninguna importancia sino que sigue siendo como antes, el trabajo más importante para cada revolucionario del partido. El problema en cuestión es esencialmente la lucha por influir sobre la clase obrera.”2

La LCA tuvo la oportunidad en el local 574 de los camioneros, que en ese entonces contaba sólo con 75 afiliados. Pero su importancia era vital, ya que Minneapolis necesitaba del carbón para soportar las heladas temperaturas invernales, y el carbón llegaba en los camiones. Así, una huelga del sector ocasionaría graves perjuicios contra los empresarios, ya que podría paralizar la producción de toda la ciudad. Ray Dunne y Carl Skoglund, dos importantes dirigentes de la LCA, trabajaban en la industria del carbón. Se les sumaron Grant y Miles Dunne y otros jóvenes militantes para crear el equipo central que llevaría adelante el trabajo de sindicalización en esa industria.

Su trabajo fue clandestino, ya que estaba el peligro de despido si la patronal descubría que los trabajadores se estaban organizando. Formaron un “comité organizador voluntario”. Para mediados de 1933, ya existía un movimiento de trabajadores por la sindicalización. En el invierno, el “comité organizador” ya era lo suficientemente fuerte como para preparar la huelga. Miles Dunne convence a una parte de la dirección del sindicato para que apoye al “comité organizador voluntario”. Sin embargo, aun había que enfrentar la condena del dirigente nacional de los camioneros, Daniel Tobin. Los trabajadores, a pesar de las dificultades, se organizan en un comité de huelga amplio que entre otras demandas, exige el reconocimiento del sindicato. En febrero de 1934, los piquetes móviles de huelguistas paralizan el sector. La Alianza Ciudadana en pocos días se ve obligada a ceder.
La primera victoria. Entre los trabajadores de Minneapolis se dio una ola de optimismo.

La huelga de mayo y la sindicalización

Los trotskistas de la LCA impulsaron a la campaña por la sindicalización, junto a Bill Brown, dirigente del sindicato: se abocaron a organizar choferes, ayudantes, empleados de depósitos, trabajadores de andenes, empleados de las oficinas de embarque, empacadores y otros trabajadores “internos”, cuyos empleos estaban relacionados con los servicios de transporte en camiones.
En abril, la campaña de afiliación culmina en un mitin masivo que vota a favor de la huelga por el reconocimiento del sindicato y elige un comité de huelga de 75 miembros.

Con el impulso de las asambleas y métodos de democracia obrera, los trotskistas colaboraron en el surgimiento de una militancia obrera, fuerza indispensable para que los camioneros pudieran plantearse la creación un sindicato industrial, que incorporara a todos los trabajadores de una empresa en un solo sindicato.

Años más tarde, como producto del análisis de distintas oleadas de huelgas en Europa y en América, Trotsky escribió: “Es preciso adaptarse a las condiciones concretas existentes en los sindicatos de cada país con el objeto de movilizar a las masas, no solamente contra la burguesía, sino también contra el régimen totalitario dentro de los mismos sindicatos y contra los dirigentes que refuerzan este régimen. La primera consigna para esta lucha es: INDEPENDENCIA COMPLETA E INCONDICIONAL DE LOS SINDICATOS FRENTE AL ESTADO CAPITALISTA. Esto significa una lucha cuyo objetivo es convertir a los sindicatos en órganos de las amplias masas explotadas y no en órganos de la aristocracia obrera.
La segunda consigna es: DEMOCRACIA SINDICAL. Esta segunda consigna surge directamente de la primera y presupone para su realización la completa libertad de los sindicatos del Estado colonial o imperialista.”3

La gran huelga de los camioneros

Cuenta James Cannon en La historia del trotkismo norteamericano: “La huelga comenzó el 16 de julio de 1934, y duró 5 semanas. Pienso que puedo decir sin la menor exageración, sin temor a ninguna contradicción, que la huelga de julio-agosto de los conductores de camiones y ayudantes de Minneapolis ha entrado en los anales de la historia del movimiento obrero norteamericano como una de sus luchas más grandes, más heroicas y mejor organizadas. Más aún: la huelga y el sindicato que se forjó bajo su fuego son identificados para siempre en el movimiento obrero, no sólo aquí sino en todo el mundo, con el trotskismo en acción en el movimiento de masas trabajadoras. El trotskismo hizo un número de contribuciones específicas a esta huelga, lo que constituye toda la diferencia entre la huelga de Minneapolis y cientos de otras de ese período, algunas de las cuales involucraban a más trabajadores en localidades e industrias socialmente más importantes”.

Forjar una vanguardia obrera

Entre los aportes que realizó el trotskismo a la huelga de Minneapolis se cuenta en primer lugar la organización y los preparativos de la huelga. ¿Cómo se realizó? Tenían preparados piquetes móviles, ya implementados desde la huelga del carbón. Para eso contaban con una flota de autos, cedidos por los huelguistas e incluso por simpatizantes del conflicto. También armaron a quienes iban a los piquetes con unos palos llamados shillalahs, porque no estaban dispuestos a recibir los golpes de la policía sin defenderse. Preveían la posibilidad de enfrentamientos y escaramuzas con la policía y los rompehuelgas, por eso habían organizado un hospital con médicos y enfermeras simpatizantes del conflicto, para evitar llevar a los heridos a algún hospital de la ciudad donde fácilmente podrían ser apresados. Había un alto índice de desocupación. Los trabajadores desocupados, en su desesperación por la miseria en que estaban sus familias, podrían caer en las redes de la patronal y la burocracia si les prometían un trabajo, y actuar como rompehuelgas. Entonces, los trotskistas, partiendo de la experiencia de la huelga de Auto-Lite donde los trabajadores desocupados se habían aliado a los huelguistas, atrajeron a los obreros desempleados a su lado, levantando también sus reivindicaciones. Organizaron un Auxilio de Mujeres: madres, hermanas, novias, hijas se sumaron a la huelga, colaborando en todo tipo de tareas. Para mantener el conflicto era necesario también que todos los huelguistas estuvieran bien alimentados: se organizó un comedor, en el que colaboraban trabajadores del Sindicato de Cocineros y Meseros, y así garantizaron no sólo que todos comieran bien, sino que hubiera un espacio para convivir, relajarse e intercambiar opiniones sobre la experiencia que estaban llevando a cabo. En el garaje que era el cuartel general de la huelga se acondicionaron cuartos para que los dirigentes claves de la huelga pudieran dormir allí. También contaban con un taller de refacción para los autos utilizados en el conflicto.
El comité de huelga logró poner de su lado a los agricultores, comprometió a la dirección de la American Federation of Labour (AFL) en el apoyo al conflicto, e incluso consiguió presionar al gobernador Olson-que presumía ser trabajador agrícola- obligándolo a declarar en público su simpatía con la causa de los camioneros del local 574.

Todos los días se realizaban asambleas de 2,000 a 3,000 huelguistas, para debatir cómo llevar a cabo el conflicto, qué nuevos elementos había, qué propuestas se hacían desde el gobierno y la patronal. Eso es organización desde las bases. Los huelguistas decidían qué pasos llevar adelante. La huelga se sostuvo por la existencia de una militancia obrera basada en el clasismo: “no se puede ganar nada de parte de la patronal a menos que se tenga la voluntad de pelear por ello y la fuerza para tomarlo”. Esto implicaba que no tenían ninguna confianza en la patronal ni en el gobierno. Sólo confiaban en la fuerza de la huelga que estaban llevando adelante.
Los trotskistas inauguraron un nuevo aspecto en los conflictos obreros: enfrentar a los mediadores del gobierno en su propio terreno, y contaban con un abogado al servicio de los trabajadores, que los asesoraba con honestidad y buscaba los resquicios en las leyes burguesas para que pudieran imponer las reivindicaciones obreras. Estos mediadores habían constituido un instrumento muy efectivo para quebrar huelgas, hasta el conflicto de los camioneros. Señala Cannon que los mediadores se presentaban con rostro amigable frente a los trabajadores para decirles: “‘Yo no les estoy pidiendo que le den alguna concesión a la patronal, sino que me den una concesión a mí para que pueda ayudarlos’. Después de haber obtenido algo de la credulidad, dicen: ‘Yo traté de conseguir una concesión correspondiente de los patrones pero ellos se negaron. Pienso que lo mejor que pueden hacer es más concesiones: el sentimiento público se está volviendo en su contra’. Y después presiona y amenaza: ‘Roosevelt sacará una declaración’ o ‘nos sentimos obligados a publicar algo en los periódicos en su contra si no son más responsables y razonables’. Después llevan a los pobres novatos a las salas de conferencias, los tienen allí horas y horas y los atemorizan.” Pero cuando se presentaron ante el comité de negociación del sindicato, se estrellaron contra un muro: se encontraron con trabajadores firmes que de ninguna manera firmarían un acuerdo sin consultarlo previamente con la base.

Durante la huelga, la política impulsada por los dirigentes trotskistas fue mantener la lucha hasta conseguir el reconocimiento del sindicato, que era su principal reivindicación, no ceder nada ni a la patronal ni al gobierno. Y se levantó el conflicto cuando obtuvieron ese reconocimiento. Pero su lucha inspiró a los trabajadores de todo el país, y se desarrolló un gran movimiento por la sindicalización.

La Liga Comunista de América puso toda su capacidad al servicio de esta huelga, que consideraban un caso testigo, que podía constituir un referente para la clase obrera estadounidense. Envió desde Nueva York a su principal dirigente, James Cannon. Consiguieron un abogado honesto y brillante, Albert Goldman. Enviaron también a periodistas revolucionarios. Juntaron fondos para difundir la lucha de Minneapolis en todo el país. Cannon explica “En nuestro movimiento nunca jugamos con la idea absurda de que sólo aquellos conectados directamente con un sindicato eran capaces de ayudar. Las huelgas modernas necesitan una dirección política más que otra cosa. Si nuestro partido, nuestra Liga como la llamamos después, merecía existir, tendría que ir a ayudar a los camaradas locales. Como es siempre el caso con los dirigentes sindicales, especialmente en tiempos de huelga, ellos están bajo el peso y el stress de miles de detalles que presionan. Un partido político, por el contrario, se eleva por sobre los detalles y generaliza a partir de los sucesos principales. Un dirigente sindical que rechaza la idea del consejo político en la lucha contra la patronal y su gobierno, son sus astutos mecanismos, trampas y métodos de ejercer presión, es ciego, sordo y mudo. Nuestros camaradas de Minneapolis no eran de esa clase. Se volvían hacia nosotros para obtener ayuda.”

El combate del mercado

“Cuando se desató el fuerte combate en el mercado el lunes 21 de mayo de 1934, la lucha del Local 574 en Minneapolis pasó a ser noticia de primera plana en todo el país. Los servicios cablegráficos enviaban despachos sobre el conflicto a todos los periódicos. Las cadenas radiales transmitían fragmentos de los relatos realizados el martes por la estación KSTP desde el lugar de los hechos sobre la desbandada de los policías uniformados y los asistentes del alguacil. Los noticiarios, que en aquel entonces formaban parte de los espectáculos cinematográficos, mostraban escenas de combate tomadas durante la batalla del martes. Por todos lados los trabajadores reaccionaban con entusiasmo ante las noticias. En las salas de cine el público irrumpía con vítores ante las imágenes en que, para variar, eran los piquetes quienes aporreaban a la policía, ya que en la mayoría de las huelgas sucedía completamente a la inversa. A los trabajadores les hacía bien ver a sindicalistas que se mantenían firmes ante la policía y que incluso infligían un mayor castigo del que recibían”4

The Organizer
La voz de los trabajadores de Minneapolis

Otro gran aporte del trotskismo a la huelga fue crear un órgano de prensa propio que les permitiera contrarrestar la información tendenciosa a favor de la patronal de la prensa burguesa. Era un periódico que inició con salida semanal de 5,000 ejemplares y luego se convirtió en diario, con una tirada de 10,000 ejemplares. Se repartía en bares, peluquerías, en las puertas de fábrica, en las estaciones de trenes, en todos los lugares donde estuvieran los trabajadores. Se recaudaba dinero para su impresión con la cooperación de sus lectores, aunque se repartía gratuitamente muchas personas hacían aportes solidarios. Pero debió sortear numerosas dificultades: al inicio no había imprenta que quisiera imprimirlo. Relata Cannon “Todos los días el periódico tenía las noticias de la huelga, algunas bromas sobre los patrones, alguna información sobre lo que estaba pasando en el movimiento obrero. Había también una tira diaria dibujada por un camarada local. Después había una editorial sacando las lecciones de las últimas 24 horas, día tras día, y marcando el camino venidero. ‘Esto es lo que ha ocurrido. Esto es lo que viene próximamente. Esta es nuestra posición’”.

En el auge de la huelga, los empresarios, rabiosos, endurecían sus ataques contra el sindicato mediante desplegados en los periódicos: “¿Qué le parece que nuestras calles de Minneapolis estén bajo el control de comunistas?”
El 20 de julio, piquetes de más de 5,000 trabajadores intentaron impedir el avance de los vehículos. La policía, enviada por el gobernador Olson, disparó a matar. Hubo 67 huelguistas heridos. Caen muertos dos trabajadores. Los heridos son tratados en el cuartel general. Una comisión investigadora estableció que la policía los fusiló. The Organizer tituló al día siguiente: “¿Qué le parece que nuestras calles de Minneapolis estén bajo el control de asesinos?” Así se combaten las maniobras y las difamaciones de la prensa burguesa.

Desde el corazón industrial de Buenos Aires para los trabajadores del mundo entero

Ochenta años después, estas lecciones cobran nueva vigencia. Ante la ofensiva de despidos, suspensiones y cierres de empresas, los trabajadores de Lear Corporation (autopartes) y Donnelley (gráfica), decidieron enfrentar a las grandes trasnacionales y al gobierno de Cristina Kirchner. Como los trotskistas de Minneapolis, un paciente trabajo de años de los militantes del Partido de Trabajadores Socialistas (PTS), sección argentina de la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional, contribuyó decisivamente a un proceso de organización de los trabajadores, de lucha por la recuperación de los sindicatos de manos de la burocracia vendida a la patronal, de formación de una vanguardia obrera forjada en el clasismo.

Hoy, la vigencia de las palabras de Trotsky, en el Programa de Transición cobran una nueva luz: “Los Bolchevique Leninistas se encuentran en las primeras filas de todas las formas de lucha, aún allí donde se trata de los intereses de los más modestos de la clase obrera. Toman parte activa en la vida de los sindicatos de masa, preocupándose de robustecer y acrecentar su espíritu de lucha. Luchan implacablemente contra toda las tentativas de someter los sindicatos al estado burgués y de maniatar al proletariado con ‘el arbitraje obligatorio’ y todas las demás formas de intervención policial, no sólo son fascistas sino también ‘democráticas’. Solamente sobre la base de ese trabajo es posible luchar con buen éxito en el seno de los sindicatos contra la burocracia reformista incluidos los stalinistas. Las tentativas sectarias de crear o mantener pequeños sindicatos ‘revolucionarios’ como una segunda edición del partido, significa en el hecho la renuncia por la lucha por la dirección de la clase obrera.”

En Donnelley, como a inicios de la primera década del siglo XXI en la cerámica Zanon, en la provincia de Neuquén, los trabajadores ocuparon la gráfica y la pusieron a producir bajo control obrero. Pero no en un lugar remoto de la Patagonia, sino en uno de los principales centros industriales de Argentina. Pusieron en cuestión quién es el dueño de la fábrica: el capital buitre de Donnelley o los trabajadores. Tanto en Zanon en 2000 como hoy en Donnelley hay un núcleo de dirigentes del PTS, que al igual que los trotskistas de Minneapolis, planifican cada paso en la lucha como un mecanismo de relojería. Respecto al control obrero, señala Trotsky “El control obrero, en consecuencia, solamente puede ser logrado en las condiciones de un cambio brusco en la correlación de fuerzas desfavorable a la burguesía por la fuerza, por un proletariado que va camino de arrancarle el poder, y por tanto también la propiedad de los medios de producción. Así pues, el régimen de control obrero, un régimen provisional y transitorio por su misma esencia, sólo puede corresponder al período de las convulsiones del Estado burgués, de la ofensiva proletaria y el retroceso de la burguesía, es decir, al período de la revolución proletaria en el sentido más completo del término.”5 Se está abriendo una nueva etapa en la lucha de clases en Argentina, tendencialmente la clase obrera está enfrentando a su dirección histórica, el peronismo. En los ’70 se dio esa oportunidad, pero no existió una organización revolucionaria que pudiera dirigir la radicalidad obrera hasta la toma del poder. Hoy, existe una organización que se prepara para eso: el PTS.

En estos momentos, desde el Cono Sur se están reconstruyendo un hilo de continuidad entre los trabajadores que salieron a la lucha en todo el mundo en la década de 1930, los que tomaron las calles y las fábricas en la década de 1970, incluyendo a las coordinadoras fabriles de Argentina, y hoy. Y entre todos ellos, las ideas de Trotsky viven, adquieren nueva fuerza, a 74 años de su asesinato a manos de un sicario estalinista. Viven en cada militante revolucionario, que en el camino por la lucha por el comunismo, por el fin de toda explotación y opresión, da todo de sí para contribuir a sentar nuevos jalones en la historia de la clase obrera mundial.









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