Marx regresa

La fuerza de los trabajadores

18 Feb 2012   |   comentários

Una huelga general contra el plan de austeridad del gobierno belga, que pretende ahorrar 11 mil 300 millones de euros a través del recorte de prestaciones a los trabajadores y la extensión de la edad de jubilación paralizó ese país el pasado 30 de enero.
La huelga tuvo gran acatamiento entre los trabajadores del transporte público –trenes, autobuses, metro y aeropuertos–, en el puerto de Amberes –uno de los principales de Europa– y en las industrias siderúrgica y petroquímica y servicios de gran distribución. Los trabajadores y los sectores populares en Europa no están dispuestos a cargar con los costos de la crisis capitalista.
Pero... ¿cómo es que “simples” obreros tienen el poder de parar un país? Los marxistas sostenemos que en el modo de producción capitalista la sociedad está dividida entre los propietarios de capital (medios de producción) –o sea, los empresarios– y los propietarios de fuerza de trabajo –los obreros–. En apariencia, los dueños del mundo son los empresarios: ellos deciden sobre la vida de la mayoría de la población. Sin embargo, si los trabajadores no ponen en funcionamiento los medios de producción –materias primas, fábricas- no fabrican mercancías –muebles, aparatos electrónicos, alimentos, medios de transporte, etc.–, si no transportan personas y productos, no se crea valor. ¿Qué es lo que tienen en común todas las mercancías (tanto productos como servicios)? Todas fueron creadas para satisfacer distintas necesidades humanas: para vestido, alimento, vivienda, esparcimiento, maquinaria. Tienen lo que Marx dio en llamar un “valor de uso”, que se realiza sólo si una mercancía fue intercambiada en el mercado y alguien la utiliza. Para su fabricación se emplean distintos materiales, técnicas, tecnologías… Sin embargo, en todas interviene la fuerza de trabajo humana. En palabras del gran revolucionario León Trotsky:

La sociedad tiene a su disposición cierta reserva de fuerza de trabajo viva. Aplicada a la naturaleza, esa fuerza engendra productos necesarios para la satisfacción de las necesidades humanas. Como consecuencia de la división del trabajo entre los productores independientes, los productos toman la forma de mercancías. Las mercancías se cambian entre sí en una proporción determinada, al principio directamente y más tarde por medio de un intermediario, el oro o la moneda. La propiedad esencial de las mercancías, propiedad que las hace iguales entre sí, siguiendo cierta relación, es el trabajo humano invertido en ellas –trabajo abstracto, trabajo en general, la base y la medida del valor–. La división del trabajo entre millones de productores no lleva a la desintegración de la sociedad, porque las mercancías son intercambiadas de acuerdo con el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Mediante la aceptación y el rechazo de las mercancías, el mercado, en su calidad de terreno del intercambio, decide si contienen o no contienen en sí mismas el trabajo socialmente necesario, con lo cual determina las proporciones de las diversas clases de mercancías necesarias para la sociedad, y en consecuencia también la distribución de la fuerza de trabajo entre las diferentes ramas de la producción.

Es así que la clase obrera, la clase única productora, es quien genera riqueza en la sociedad capitalista. Y por eso su acción, con sus métodos de lucha (como el paro y la huelga) tiene una enorme potencialidad, ya que paraliza todos los resortes de la sociedad capitalista y cuestiona el poder que se arrogan los capitalistas y sus gobiernos, mostrando que hay otra clase que puede, potencialmente, definir el curso de la sociedad. Hoy la burguesía, a través de sus personeros en los gobiernos, para salir de la crisis pretende que obreras y obreros continúen produciendo mercancías y servicios como salud, transporte y comunicaciones por un lapso de tiempo mayor, o sea, extender en el tiempo la explotación de los trabajadores: eso implica la extensión de la edad de jubilación. Y también aspiran a recortar los salarios no sólo de forma directa, poniendo un techo para las remuneraciones mínimas o bajándolas, sino también de forma indirecta, a través del recorte de prestaciones como servicios de salud y pensión. Frente a estos ataques, la paralización de la producción y de servicios esenciales, como el transporte, es una gran arma con la que cuenta el proletariado.

León Trotsky: “El marxismo y nuestra época”, en El capitalismo y sus crisis, CEIP León Trotsky, Buenos Aires, 2005









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