DESPUÉS DE LA CUMBRE DE LOS BRICS Y LA GIRA DEL PRESIDENTE XI JINPING

El “factor chino” en la economía y política latinoamericana

25 Jul 2014   |   comentários

La reciente cumbre de los BRICS, con sus anuncios de creación de un Banco y un Fondo financiero del grupo, y la gira del presidente chino que además de Brasil, visitó Argentina, Venezuela y Cuba para sellar diversos acuerdos, ponen de relieve la creciente presencia del gigante asiático en América Latina y alimentan la discusión sobre su significado y proyecciones.

Una relación económica desigual

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En las últimas décadas. El intercambio entre China y varios países de América latina se multiplicó, al punto que hoy es el primer o segundo socio comercial de Brasil, Argentina, Chile, Perú, Venezuela y otros. En 2013, el intercambio bilateral llegó a 270.000 millones de dólares, aunque es de conjunto favorable a China, destino de un 9% de las exportaciones de la región y origen del 14% de sus importaciones.

La base de este proceso son los cambios en la economía mundial y la división internacional del trabajo impuestos por el capital imperialista en las últimas décadas, que, por un lado le imprimieron a China (consumando la restauración capitalista), una inédita dinámica como nuevo y gran “taller del mundo”, gran exportador de bienes industriales y consumidor de materias primas; y por otro han valorizado (sobre todo desde 2002), a América latina como proveedora de las mismas. La expansión y demanda china fue un impulso para el “boom de las materias primas” de la década pasada, con altos precios para la soja, el petróleo, el cobre y otros minerales exportados por varios países latinoamericanos. Pero al mismo tiempo, las manufacturas chinas ingresaron masivamente en los mercados internos, restringiendo el campo para la industria local (como en autopartes, textiles, juguetes, etc.) y desplazándola de ramas enteras, o impidiendo su acceso a nuevas ramas de mayor nivel tecnológico (como la electrónica).

Así, el gran incremento del intercambio entre China y América Latina de los años pasados, al permitir la “triangulación” (diversificación) del comercio regional dependiente de los centros del capitalismo avanzado, mejoró las condiciones para cierto crecimiento, en particular en Sudamérica, terminó por acentuar las tendencias a una mayor dependencia de América latina, la “reprimarización” en términos relativos de sus exportaciones y las restricciones a su industria.

Con el desarrollo de la crisis capitalista, el crecimiento chino, extremadamente vulnerable a las condiciones internacionales, ha comenzado a desacelerarse y sus gobernantes a buscar una adaptación a las nuevas condiciones, complementando sus operaciones comerciales y financieras en el exterior con inversiones directas. Una parte importante de ese flujo de capitales está dirigido a asegurarse la provisión de materias primas y el acceso a mercados en África y América latina.

En nuestra región, en 2013 ingresaron inversiones directas chinas por unos 16500 millones de dólares, preferentemente en minería, petróleo y agroindustria, aunque también comienzan a incurrir en la banca y grandes obras de infraestructura. Por ejemplo, en Perú, el consorcio chino MMG LTD compró yacimientos de cobre por valor de 5.800 millones de dólares a la suiza Glencore Xstrata, con lo que MMG y Chinalco controlan el 33% de la minería peruana. En Argentina, la COFCO compró el 51% de pulpo cerealero Nidera. La CNOCC posee el 50% de la petrolera argentina Bridas, parte de Pan American Energy y la Esso Argentina. El banco chino ICBC compró el Standard Bank. En Brasil, considerado socio estratégico, operan la minera Wuhan y ECE entre otras, la petrolera estatal Sinopec tiene el 40% de las operaciones de Repsol y adquirió la GALP, aunque otras inversiones en acero, automotores y agroindustrias están parañlizadas. En Venezuela, la CNPC pactó la inversión de 28.000 millones de dólares en la Faja Petrolífera del Orinoco mientras que SINOPEC acordó proyectos por otros 14.000 millones y se asocian con PEDEVESA para instalar refinerías en la propia China. Nicaragua representa un caso particularmente interesante, no sólo por la magnitud del acuerdo para construir un nuevo canal transoceánico por US$40.000 millones con HKND Group, del multimillonario de Hong Kong, Wang Jing, sino por las consecuencias geopolíticas que esto tendría, de consumarse, al poner fin al monopolio del Canal de Panamá e implicar notorias consecuencias económico-políticos para el “Gran Caribe”, Cuba y Venezuela, en pleno “patio trasero” de Estados Unidos.

Los nuevos acuerdos

En su reciente gira, Xi Jinbing acordó créditos para la construcción de represas y modernización ferroviaria, así como la renovación de un swap de facilidades financieras a Argentina, otorgó créditos y comprometió nuevas inversiones al reunirse con Maduro en Caracas (además de la provisión de un satélite para Venezuela, tras haber puesto en órbita hace un tiempo al Tupac Katari para Bolivia) y en Cuba reafirmó compromisos como el aporte chino a la gran Zona Especial de Desarrollo de Puerto Mariel, concebida como un motor de la restauración capitalista en la Isla. Estas decisiones apuntan a ampliar el acceso a los recursos naturales y mercados locales para las grandes empresas chinas, así como medios financieros para mantener el flujo comercial ante las turbulencias y dificultades de la crisis internacional.

Es cierto que, en momentos en que el imperialismo presiona sobre estos países, como en el caso de los buitres en Argentina, la política de aislamiento hacia Venezuela o el bloqueo a Cuba, estos limitados (y leoninos) acuerdos pueden representar algún alivio parcial y momentáneo, pero al costo de profundizar la competencia con la industria local (lo que ya genera reclamos de sectores burgueses en Brasil, por ejemplo) y las contradicciones estructurales de la dependencia latinoamericana. Además, los intereses chinos se entrelazan y confluyen en grado creciente con los intereses exportadores que impulsan el llamado “neodesarrollismo extractivista”, como el complejo agroindustrial sojero en Brasil y Argentina, la gran minería transnacionalizada, así como los pulpos petroleros tradicionales, que empujan por planes económicos abiertamente antiobreros y proimeprialistas. Con ello, no hacen sino comportarse como cualquier otra transnacional con la lógica de la ganancia capitalista y del saqueo imperialista, exigiendo “seguridad jurídica”, cumplimiento de los compromisos de la deuda externa y “apertura”, al tiempo que destruyen el medio ambiente, superexplotan a los trabajadores y recurren a despóticas prácticas antisindicales.

China, el imperialismo y América latina

Los roces de China y EEUU y la convergencia de China con Rusia, Brasil y otros países latinoamericanos, a pesar de sus muchas diferencias, para presionar por reformas en las instituciones financieras y políticas internacionales (como el FMI, el BM o la ONU), que fue una de las claves de la cumbre del BRICS y de los contactos de Xi Jinping y Putin con varios gobiernos latinoamericanos.

La expansión económica de China en las últimas tres décadas la ha convertido en una potencia con capacidad de influenciar no sólo las relaciones económicas sino el escenario internacional en su conjunto y esta dinámica se refleja de distintas formas en América latina, competencia económica por sus recursos naturales y sus mercados, pero también incidiendo en las tensiones geopolíticas, en el marco de la persistente crisis capitalista y el deterioro de la hegemonía norteamericana. Aunque la política internacional de China es profundamente conservadora y se encuadra en el orden internacional administrado por el imperialismo, reclama un lugar preeminente en los asuntos mundiales y esto crea contradicciones políticas con Washington, cuya estrategia de “contención” al ascenso chino, la empujan a establecer acuerdos con países de la periferia latinoamericana para presionar al imperialismo, tal como hemos visto.

En medios “progres”, chavistas y “nacional y populares” se embellece su papel para proponer la alianza con China y Rusia como un contrapeso a la hegemonía de EEUU en América Latina y aún como el camino para avanzar hacia un nuevo orden mundial financiero y político- multipolar más “justo”. En realidad, ceden a una “ilusión geopolítica” que cree posible superar la subordinación latinoamericana sin romper con el imperialismo ni contar con la lucha de clases, apostando a combinaciones diplomáticas con potencias estatales que no representan en sí mismas ningún factor progresivo. Pero es preciso no embellecer a tales potencias capitalistas, rechazar el apoyo político al discurso “multilateral” y señalar que el único camino de un auténtico antiimperialismo, para conquistar la liberación nacional y social de los pueblos latinoamericanos, es el de la movilización, por el no pago de la deuda externa y la ruptura de las ataduras al imperialismo y sus socios nativos, algo que sólo puede garantizar el poder revolucionario de los trabajadores y el pueblo.









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