Revolución mexicana

ESPECIAL REVOLUCION MEXICANA

Del gobierno de Madero al golpe de estado de Victoriano Huerta

17 Jun 2010 | Previo a este tercer artículo, en Estrategia Obrera 77 detallamos los puntos principales del Plan de Ayala, firmado el 25 de noviembre de 1911 por Emiliano Zapata y los dirigentes del Ejército Libertador del Sur. En el mismo se desconocía a Francisco I. Madero como presidente, por su traición al firmar —con los representantes del dictador Porfirio Díaz—, los Acuerdos de Ciudad Juárez, donde se pactaba la preservación y continuidad del estado burgués, mediante un gobierno interino hasta las nuevas elecciones, y el compromiso de desarmar las fuerzas revolucionarias.   |   comentários

Se buscaba así poner freno al proceso revolucionario iniciado a fines de 1910, dejando de lado la proclama social de un reparto agrario. Actuando como representante de la clase dominante, y cuando todavía no era presidente, Madero intentó pactar un desarme de las tropas de Zapata, y ante la negativa de éste, lanzó una ofensiva militar contra de los insurrectos en Morelos y en los estados aledaños. En febrero de 1912 —ya con Madero en el poder— el ejercito reprimió a la población civil e incendió el pueblo de Santa María Ahuacatitlán, a continuación instauró el servicio militar obligatorio para acrecentar el ejército federal y finalmente decretó la suspensión de garantías individuales en los estados de Morelos, Guerrero, Tlaxcala y varios distritos del Estado de México y Puebla para “asegurar la vida, la honra y la propiedad”.
Estas medidas buscaban tranquilizar a las clases dominantes y su discurso expresaba un desprecio racista en contra de las masas insurrectas revolucionarias. Según Madero, el objetivo era “acabar con el bandidaje que bajo comunismo agrario amenaza la vida, la honra y la propiedad”.

El 1° de abril de 1912 planteó en el Congreso: “Por fortuna este amorfo socialismo agrario, que para las rudas inteligencias de los campesinos de Morelos sólo puede tomar la forma de vandalismo siniestro, no ha encontrado eco en las demás regiones del país”. Esto buscaba esconder el hecho de que la influencia del zapatismo estaba acrecentándose en los estados aledaños a Morelos, donde crecía el número de las partidas de insurrectos.

El maderismo contra la reforma agraria

Por detrás de este conflicto estaba un profundo enfrentamiento social. Las propuestas maderistas de “reforma agraria” en realidad solo planteaban la venta de tierras nacionales a pequeños propietarios, e impedían en los hechos el acceso de este precioso recurso a los campesinos pobres. Esta oposición a los principios del plan de Ayala —que descansaban en la lucha, armas en mano, por la expropiación de las tierras y su reparto entre los pueblos— fue la base de la ruptura con el ejército zapatista, ya que no se resolvía la demanda agraria en torno a la que se aglutinaron las masas campesinas.

Como plantea Adolfo Gilly en su libro La revolución Interrumpida, el Ejército Libertador del Sur fue, desde sus inicios, organizativamente independiente de la burguesía. Sus dirigentes fueron elegidos desde los pueblos, y su cohesión descansaba en esta organización comunitaria y antiquísima de las masas del sur de México, con una clara conciencia que debía responder a las demandas de las mismas. Sobre esa base se dio la ruptura y el enfrentamiento que duró toda la revolución, cuando se mostró que la alianza con la burguesía ya no servía para resolver la cuestión agraria (no olvidemos que Zapata y el ELS inicialmente adherían al Plan de San Luis Potosí). En ese momento surgió el nuevo programa político independiente (el Plan de Ayala), al que nos referimos en el número anterior, el cual fue un estandarte para los sectores más radicales que honestamente luchaban por ese reparto agrario.

En un principio, el Plan de Ayala reconoció a Orozco como jefe nacional de la revolución contra Madero. Recordemos que Francisco Villa y Pascual Orozco fueron los principales caudillos del norte del país en la lucha contra la dictadura. Después de los acuerdos de Ciudad Juárez fueron nombrados “general honorario” el primero y “jefe de la guardia rural de Chihuahua” el segundo. El objetivo era cooptar a estos dos líderes; al mismo tiempo, se buscaba que Orozco contuviera a las tropas de Villa que en su composición eran más plebeyas, dejando tranquila a la burguesía del norte y garantizando la propiedad latifundista.

Sin embargo, en marzo de 1912, Orozco se levantó contra Madero y lanzó el Plan de la Empacadora. En éste se reconocen los principios del Plan de San Luis y del Plan de Ayala; retomó algunas de sus consignas sociales y agregó un programa de conquistas obreras, como la reducción de la jornada laboral y la prohibición del trabajo a niños menores de diez años y sobre todo la denuncia a la traición de Madero a la revolución. La rebelión de Orozco logró aglutinar a sectores populares descontentos con Madero —incluyendo a muchos militantes del Partido Liberal Mexicano— pero al mismo tiempo contó con el apoyo financiero de los terratenientes de Chihuahua, descontentos con los impuestos maderistas. Después de varios meses de lucha, fue derrotado por las tropas federales de Victoriano Huerta, en las que participó Villa.

A pesar de que Villa se había alineado con el gobierno, representaba un peligro por su carácter plebeyo y su arraigo en las masas de Chihuahua. Huerta lo intentó fusilar, pero algunos oficiales, que entendieron que eso sería motivo de descontento en las tropas, rescataron a Villa. Madero finalmente ordenó su traslado a la cárcel de Lecumberri y después a la prisión militar de Tlatelolco. De allí se fugó el llamado “Centauro del Norte” el 26 de diciembre de 1912 para refugiarse en Estados Unidos.

Se prepara el golpe de Estado

Los zapatistas, a pesar de la carencia de armamento (una de las razones por las que no pudieron sostener la ocupación de las ciudades que tomaban), no cesaba de ganar adeptos en el sur del país. La incapacidad de Madero para contener la revolución en Morelos, fue inclinando a la clase dominante y a los EE.UU. a organizar un golpe de estado e imponer un gobierno que garantizara la derrota de la revolución.

El 16 de octubre de 1912, Félix Díaz (sobrino de Porfirio) se sublevó en Veracruz, aprovechando el descontento en el ejército. Pero Díaz una semana después fue derrotado y encarcelado en la prisión militar de Tlatelolco, desde donde organizó la conspiración contra Madero.
El 9 de febrero de 1913 Bernardo Reyes, al frente de 2000 hombres, liberó a Félix Díaz y se lanzó a tomar Palacio Nacional. En la incursión Reyes murió y Díaz tomó su lugar, replegándose a la Ciudadela, donde fue sitiado por las tropas federales al mando de Victoriano Huerta. Como es sabido, ambos firmaron el Pacto de la Embajada (ante el embajador de EE. UU.) por el cual se acordaba el reconocimiento de Huerta como presidente y la posibilidad de que Díaz se postulase para presidente en futuras elecciones. Luego fueron apresados Madero y Pino Suárez, asesinados días después por sus custodios en un traslado de prisión.
El golpe de estado expresaba que la clase dominante optaba por una salida abiertamente contrarrevolucionaria, para ahogar a sangre y fuego la revolución del sur y cualquier descontento que pudiera brotar en el norte y centro del país.

Ante esto, mientras Pascual Orozco se justificó tras la bandera del anti-maderismo para aliarse a Victoriano Huerta y ser uno de sus más destacados oficiales, los zapatistas se mantuvieron firmes en la lucha, ya que sabían que con el asesinato de Madero y con Huerta en el poder, no cambiaría nada en cuanto al reparto agrario. Los zapatistas rechazaron duramente los intentos de Orozco por atraer a Zapata; incluso borraron su nombre del Plan de Ayala y fusilaron a algunos de sus emisarios, incluido Pascual Orozco padre.

El zapatismo contra la nueva dictadura

Los zapatistas actualizan el Plan de Ayala, orientando la lucha ahora contra Huerta. Esto era una muestra más de la ruptura zapatista con la burguesía, razón por la cual Madero, Huerta, Carranza y Obregón, no escatimaron recursos para intentar aniquilar al ELS, que durante esos años llegó a imponer impuestos a los hacendados en los estados donde tuvieron mayor presencia y a hacer la repartición efectiva de tierras entre los campesinos.

La rebelión zapatista, por la vía de los hechos, desarrolló una lucha tendencialmente anticapitalista que apuntaba a arrebatar la propiedad de los terratenientes, repartiéndola entre los campesinos y soportando con las armas la ofensiva capitalista.

Sin embargo, en los años siguientes se evidenciaron las limitaciones del hecho de que el Plan de Ayala solo tomaba en cuenta la demanda campesina de tierra, y no era suficiente para ser un proyecto de nación opuesto al desarrollo capitalista propugnado por la dirección carrancista-obregonista. Era claro que Zapata no tenía en mente tomar el poder político a nivel nacional y poner en pie un estado de los explotados del campo y la ciudad. Aunque los zapatistas buscaron que el Plan de Ayala fuera adoptado por las demás fracciones que tomaron parte de la lucha contra Huerta, y lograron que en la Convención de Aguascalientes fuera suscrito por el villismo, no existía un programa que diera una respuesta satisfactoria al conjunto de los sectores oprimidos y explotados y que se planteara reorganizar la nación sobre bases alternativas al capitalismo.
Esta limitación del campesinado respondía a su carácter heterogéneo, disperso geográficamente, basado en la producción agraria y no en los centros políticos, administrativos y económicos de un México cada vez más integrado (y subordinado) a la economía capitalista internacional. La enorme radicalidad campesina (que llegó posteriormente a ocupar la capital del país) no era suficiente: era necesario un aliado urbano, capaz de enarbolar ese programa. Posteriormente se mostró que, ante la imposibilidad de lograr la alianza con el joven movimiento obrero, las tendencias anticapitalistas expresadas en el Plan de Ayala no pudieron ser llevadas al triunfo.

En lo inmediato, el golpe de Huerta, lejos de aplastar la tormenta revolucionaria, fue una chispa en el pasto seco de México pues los levantamientos armados campesinos se propagaron por todo el país, dirigidos en el norte, por la burguesía sonorense con Carranza al frente y al sur del país por la insurrección campesina comandada por Zapata. En ese contexto emergió la fuerza arrolladora de otro ejército revolucionario campesino, el más grande que conoció la historia de América Latina: la División del Norte, liderada por Pancho Villa.


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