1936-1937 Crisis de la CTM

05 Jun 2014 | La lucha por la independencia política de los trabajadores Hoy la mayoría de los sindicatos están subordinados a los gobiernos de turno, como sucede con el SNTE y los petroleros. Esta historia viene de larga data: inició en 1916, tuvo un carácter más orgánico con Luis N. Morones en la dirección de la CROM y dio un salto bajo el cardenismo. Sin embargo, esta política del Estado de forzar la conciliación de los intereses de los trabajadores con los de sus explotadores encontró resistencia, así como hoy los trabajadores de Honda de El Salto pelean por tener un sindicato independiente, que luche por sus derechos. De esas luchas debemos sacar las conclusiones para conquistar hoy la independencia política de los sindicatos.   |   comentários

Bárbara Funes

Una oleada de luchas obreras fue el antecedente de la creación de la CTM. El 10 de enero de 1935 estalló una huelga en la Huasteca Petroleum Company, en solidaridad con los obreros de El Águila S.A.; al día siguiente, pararon sus labores los trabajadores electricistas del puerto de Veracruz y en San Luis Potosí los obreros laneros de La España Industrial suspendieron el trabajo para protestar por violaciones a su contrato de trabajo y se sumaron a esta lucha once fábricas más de la misma rama industrial, de todo el país. El día 23 estalló una huelga general en Tampico, de la que participaron 24,000 trabajadores. El 3 de febrero volvieron a la huelga los trabajadores de El Águila, S.A. en Agua Dulce, Puerto México y Nachital. El día 10 del mismo mes 9,000 choferes de autos de alquiler demandaron y conquistaron ser reconocidos como asalariados por laudo presidencial. En Puebla estalló una huelga general el 13 de marzo. La policía arremetió contra los trabajadores por haber colgado mantas rojinegras en las puertas de las fábricas. Alrededor del día 28 de ese mes los obreros tranviarios suspendieron el funcionamiento del transporte en el Distrito Federal (1). Ese mismo año, a iniciativa del SME se creó el Comité de Defensa Proletaria, un frente único de los trabajadores que, entre otras cuestiones, se comprometía a que “en el momento en que aparecieran en el país manifestaciones de carácter fascista... que pusieran en peligro los derechos fundamentales de la clase trabajadora... declararían la huelga general” (2). Las Cámaras de Comercio crearon fuerzas de choque de tendencias fascistas para atacar a los trabajadores en lucha. El grupo más importante fue Acción Revolucionaria Mexicana, mejor conocidos como “camisas doradas”.

Nace la CTM

La Confederación de Trabajadores Mexicanos se había fundado en febrero de 1936 bajo la dirección de Vicente Lombardo y los “cinco lobitos” –Fernando Amilpa, Jesús Yurén, Alfonso Sánchez Madariaga, Luis Quintero y Fidel Velázquez, ex líder de la CROM–. Se calcula que al inicio la central contaba con 750,000 afiliados, petroleros, textiles, mineros, electricistas y azucareros, entre otros sectores. En el Congreso de fundación, el denominador común de los conflictos obreros era la exigencia al gobierno de Cárdenas “del respeto al derecho de huelga, apoyo en la lucha contra sindicatos blancos mediante el respeto a la aplicación de la claúsula de exclusión, presión sobre las autoridades de diferentes localidades para favorecer las actividades de las nuevas organizaciones; sancionar, mediante la emisión de laudos arbitrales favorables a las peticiones de los trabajadores, la celebración de los contratos colectivos, asegurando la titularidad de los mismos a las agrupaciones pertenecientes a la nueva organización” (3).

Al momento de elegir los cargos de dirección de la confederación, numerosos delegados obreros apoyaban al PCM, organización que presentó a Miguel Ángel Velasco como candidato para la secretaría de organización de la recién nacida confederación sindical. Sin embargo, el PCM decidió retirar la candidatura y ceder, en los hechos, ese importante cargo, a Fidel Velázquez, quien tenía una orientación negociadora con el gobierno ante los conflictos sindicales. ¿Por qué hicieron esto? En aras de la unidad a toda costa, para no abrir una crisis en la CTM, ya que Lombardo Toledano apoyaba a Velázquez y tenía mucha ascendencia en la confederación. José Revueltas explicó también que esto tenía que ver con una subordinación total del PCM a la Internacional Comunista, una disciplina monolítica a la línea de Stalin, junto con la falta de formación marxista de los militantes, que imposibilitó el desarrollo de espíritu crítico al interior de la organización y la consecuente lucha de tendencias (5).

La CTM se organizó como un “frente sindical” en el que las secretarías general (dirigida por Lombardo Toledano) y la de Organización y Propaganda (con Fidel Velázquez al mando) concentraban el poder y decidían qué organizaciones podían integrarse a la confederación y cuáles no. Relata Arturo Anguiano que cuando las federaciones obreras no se integraban de acuerdo con sus lineamientos, no eran reconocidas y entonces “la secretaría de organización constituía comités organizadores que enfrentaba a los recién constituidos organismos, los combatía hasta someterlos o debilitarlos, sustrayéndoles contingentes que utilizaba para crear la federación o sindicato que oficialmente sería miembro de la CTM” (5).

La huelga de los electricistas de 1936

Uno de los conflictos laborales más destacados en los que intervino la CTM apenas creada fue la huelga de los electricistas de 1936. Ese año, el 30 de abril finalizó la vigencia de su contrato colectivo con la Mexican Light and Power. En la revisión del contrato el SME demandó, entre otras cuestiones, una participación anual de las utilidades de la empresa de 3.5%, servicios médicos para toda clase de enfermedades y su prevención, aumento en las pensiones y rechazaba que los trabajadores técnicos fueran sacados del sindicato. La compañía se negó a otorgar todo lo que reclamaban. El 16 de julio estalló la huelga, que contaba con apoyo de todos los sindicatos, así como de algunos sectores de la burguesía nacional cuyos intereses eran opuestos al monopolio de la energía en manos de capitales extranjeros. Los trabajadores cortaron el suministro eléctrico: no funcionaban la industria, los tranvías ni los cines. En primer lugar, la huelga fue reconocida por la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje, con lo cual tuvo estatus “legal”. A los 10 días, la empresa cedió a todas las demandas del nuevo convenio colectivo que exigía el SME y pagó los días caídos por la huelga. Ya en este conflicto se configura la actitud que adoptaría Cárdenas: hacerse una base social para negociar más adelante con los capitales extranjeros de las industrias estratégicas.

La huelga de los ferrocarrileros

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El 18 de mayo de 1936, el sindicato de los trabajadores de Ferrocarriles Nacionales de México –que contaba con 50 mil afiliados– fue a la huelga. Su principal demanda era el pago del séptimo día, una reinvindicación que habían obtenido los ferrocarrileros de la empresa SudPácífico hacía poco tiempo, luego de un conflicto similar, y que era un reclamo generalizado de la clase obrera en la época. La salida legal había sido el decreto sobre el pago al séptimo día, que databa de febrero de ese año. Sin embargo, fue radicalmente distinta la actitud del gobierno de Cárdenas ante este conflicto: los trabajadores se enfrentaban a una empresa nacional. La Junta Federal de Conciliación y Arbitraje declaró que ilegal la huelga. Se argumentaba que como las ganancias de Ferrocarriles Nacionales de México eran similares a las del año anterior, era inviable aplicar el decreto para sus trabajadores. Cárdenas dirigió un discurso a los trabajadores, pidiéndoles el retorno al trabajo en virtud de la importancia del servicio de ferrocarriles “para la marcha de la economía de la economía del país”. Mientras tanto, la CTM se reunió para debatir qué medidas de apoyo tomar y llegaron a la conclusión de que no se podía hacer un paro nacional. El PCM, en voz de Miguel Ángel Velasco, colocó a los trabajadores ante la falsa disyuntiva de que hacer una paro nacional podría fortalecer a los trabajadores o a la derecha enemiga de Cárdenas. Cundió el descontento entre los trabajadores. Se terminó votando un paro nacional de 30 minutos en solidaridad con los ferrocarileros. Fue una gran demostración de fuerza de la clase obrera mexicana. Sin embargo, al día siguiente el sindicato ferrocarrilero aceptó el fallo de la Junta. Así se perfilaba ya la actitud que tomaría la CTM frente a las huelgas que no aprobara el gobierno.

La compra de dirigentes

En ese marco, Fidel Velázquez y sus partidarios fueron tejiendo una red de líderes obreros locales muy maleables que rápidamente obtuvieron su cuota de poder y su recompensa material –en dinero y distintas prebendas– por subordinar a los trabajadores a los intereses del Estado cardenista. Representaba la continuidad de la decadente Confederación Regional Obrera Mexicana, nacida y consolidada bajo el ala del Estado para “regular” las luchas de los trabajadores a su conveniencia.

Crecen los conflictos

Desde su fundación hubo disputas entre el PCM y la camarilla de Fidel Velázquez en el seno de la CTM. Entre otras cuestiones, éstas expresaban tendencias de izquierda de los obreros comunistas e independientes que cuestionaban la imposición y el burocratismo de Velázquez y compañía. Fidel Velázquez, secretario de organización, y sus partidarios desde el surgimiento de la CTM buscaron las vías para socavar la influencia del PCM en la confederación –que tenía ascendencia en Nuevo León, la región de La Laguna y era apoyado por el SME y los ferrocarriles–: impusieron las directivas en los sindicatos y federaciones y no reconocieron las directivas controladas o influidas por el estalinismo. Mientras tanto, Lombardo Toledano se ubicó como mediador entre ambas partes. Y la oleada de huelgas que enmarcó el ascenso al poder de Cárdenas se vio frenada ya que desde el primer consejo nacional de la CTM se planteó que todas las huelgas debían ser aprobadas por el comité nacional de la confederación.

Ruptura en la CTM

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En el IV Consejo Nacional que tuvo lugar en abril de 1937 el Sindicato de Trabajadores Ferrocarriles de la República Mexicana (STFRM), la Federación Mexicana de Trabajadores de la Enseñanza (FMTE), la Federación Nacional de Trabajadores del Estado, el SME, el Sindicato de Trabajadores de la Industria Papelera, el Sindicato Ferrocarrilero Peninsular, la Cámara del Trabajo de Aguascalientes, la CTUDF, la Cámara del Trabajo de la Baja California, la Cámara del Trabajo de Chiapas, la Federación de Sindicatos Obreros de Morelos, la Federación de Agrupaciones Obreras de Colima, la Federación de Trabajadores de Quintana Roo, la Federación de Trabajadores de San Luis Potosí, la Federación de Trabajadores de Tamaulipas, la Federación de Trabajadores de Nuevo León, la Federación de Trabajadores de Oaxaca, la Federación de Trabajadores de la Región Lagunera y el Sindicato de Empleados de Comercio, Banca, Industria y Oficinas Particulares, con 322,570 afiliados (6), un poco más de la mitad de los miembros de la CTM, se retiraron de la asamblea, tras denunciar la falta de democracia de Fidel Velázquez y sus partidarios y de Lombardo Toledano. El documento que publicaron declaraba:

[…] Las resoluciones de determinados dirigentes [que sirven sólo] para el logro de fines personales demuestran claramente que a quienes de tal manera están obrando no les importa mantener la unidad del proletariado de México ni ser fieles a los objetivos de nuestra confederación, sino que lo que abiertamente persiguen es que las organizaciones que no podemos soportar esta situación, intolerable a la más elemental dignidad de los trabajadores, nos separemos de la confederación para dejarles plena libertad de usar el nombre, la fuerza y el prestigio de la misma en el logro de sus propósitos (7).

En ese mismo consejo nacional, se resolvió dar más facultades a la secretaría general. Así, cada resolución que tomara la CTM debía contar con el visto bueno de Lombardo Toledano, quien ocupaba ese cargo.
Con la ruptura de la CTM, se expresó así la radicalización de un sector de trabajadores –entre los cuales estaban dirigentes obreros del PCM– que encabezaron una serie de luchas reivindicativas que habían saltado a la escena nacional. Este sector no estaba dispuesto a tolerar más la injerencia en su organización de sectores que sentían por completo ajenos a sus intereses. En los hechos, se había formado un frente obrero antiburocrático.

Unidad a toda costa

Sin embargo, Cárdenas y la Internacional Comunista, aterrados ante la posibilidad de que no pudieran contener el ascenso obrero en México, convocaron a un mediador entre Lombardo Toledano y el PCM. Cárdenas encargó las gestiones para lograr la unificación al senador Soto Reyes. Por el estalinismo fue Earl Browder, secretario general del PC estadounidense. Éste argumentó que el sectarismo del PCM ponía en riesgo la creación del Frente Popular, que como habíamos visto en la entrega anterior “en México se expresó en que el estalinismo consideraba que puesto que el cardenismo era una etapa de consolidación de la revolución ‘democrática-burguesa’ mexicana, se concluía que no había obstáculo para aliarse, si no directamente con la burguesía, por lo menos indirectamente, a través del Estado y de la burocracia encabezada por Lombardo, con el objeto de luchar, según fuera el caso, contra el imperialismo o contra el fascismo”. Hernán Laborde, dirigente del PCM, llegó a afirmar que la división entre los trabajadores debilitaba a la clase obrera y obstaculizaba la creación del Frente Popular, al que entendía como el medio para extender las conquistas de los trabajadores y apoyar la política progresista de Cárdenas. Más aun: el PCM había presentado al propio Laborde como candidato para las elecciones legislativas de ese año, y retiró su candidatura para apoyar al Partido Nacional Revolucionario. Con la cabeza gacha, los dirigentes sindicales del PCM volvieron a la CTM, y perdieron la confianza de los trabajadores que buscaban su independencia política. Así, el estalinismo mexicano dejó pasar la gran oportunidad histórica de dirigir por el camino de la lucha contra toda forma de explotación y de opresión a un importante sector de trabajadores que pugnaba por independizarse de la tutela del Estado burgués.

Renunciaron en los hechos a constituirse en la dirección revolucionaria que necesitaba (y necesita) la clase obrera mexicana al frenar las tendencias a la independencia política de los trabajadores.

Forjar una dirección revolucionaria

En nuestros días, nuevas generaciones de trabajadores han tomado la estafeta en la lucha por la democracia sindical y por la independencia política de los sindicatos respecto de los partidos del congreso, esos partidos que quieren aplicar las reformas estructurales para pisotear los pocos derechos que aun tienen los trabajadores. En México, son los trabajadores de Honda de El Salto, Jalisco, que luchan por el reconocimiento del Sindicato de Trabajadores Unidos de Honda México (STUHNM), son los trabajadores del Sindicato Independiente de Nissan Mexicana, entre otros. Y el gran desafío de los socialistas revolucionarios del MTS y de todas las organizaciones de izquierda es apoyar estos primeros pasos de la clase obrera mexicana por sacarse de encima a los sindicatos charros. Para ellos van dedicadas estas líneas, para aportar a reconstruir la historia de la lucha de clases en México.
Sólo a partir de la fusión entre los sectores más avanzados de la clase obrera y la juventud, que salen a luchar por sus derechos y por su independencia política de los partidos del congreso y el marxismo revolucionario, y haciendo propias las lecciones históricas de la lucha de la clase obrera nacional e internacional podremos poner en pie el partido revolucionario de la clase obrera.

(1) Samuel León e Ignacio Marván: En el cardenismo (1934-1940), 2da.edición, La clase obrera en la historia de México. Instituto de Investigaciones Sociales UNAM-Siglo XXI Editores, México, 1999, pp. 89-90.

(2) J. López Islas: “Huelga electricista del SME 1936”, en Energía, volumen 7, núm. 83, 23 de enero de 2007.

(3) Samuel León e Ignacio Marván: op. cit., p. 161.

(4) “Conversación con José Revueltas”, pp. 193-195, en Arturo Anguiano, Guadalupe Pacheco y Rogelio Vizcaíno: Cárdenas y la izquierda mexicana, Juan Pablos Editor, 1975.

(5) Arturo Anguiano: El Estado y la política obrera del cardenismo, Era, México, 9na. Ed., p. 128.

(6) Gerardo Pélaez Ramos: “El inicio de la crisis del PCM (1937-1939)”, en www.lahaine.org, consultado el 31/5/2014.

(7) El Nacional, 30 de abril de 1937, citado en Olivia Gall: Trotsky en México, 2da. edición, UNAM-Itaca, México, 2012.









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